Tomada de la edición impresa del Martes, 15 Noviembre 2011

El encantado naranjo del cerro del Carmen

La revelación

El encantado naranjo  del cerro del Carmen
Ilustración: Abel Cevallos

Mi Guayaquil / PP El Verdadero

 

Existe la leyenda de que enclavado en el cerro del Carmen, vecino del cerro Santa Ana -en la parte alta del cementerio de Guayaquil-, hay un misterioso hoyo profundo hasta el cual pocos moradores del sector llegaron a las entrañas y jamás regresaron.

De entre los casos, el de un muchacho de nombre Stalin que cuando tenía 9 años y mientras jugaba con su amigo Vicente, otro chiquillo de la época, vio un resplandor en una de las esquinas del cerro y alarmado le pidió que lo acompañase a despejar la duda.

Los muchachos llegaron al lugar y allí se encontraron con un hueco por el cual podían bajar. Para hacerlo con seguridad volvieron a casa, buscaron una cuerda y una linterna. De regreso, sortearon con una moneda, el “cara o sello” y Vicente resultó favorecido; a Stalin le tocó cuidar la parte exterior.

El favorecido descendió y luego de tres minutos encontró, en el centro de una habitación interior, un gigantesco árbol que tenía las más grandes naranjas. El chico avisó a su compañero y este le pidió que le llevara algunas.

En la funda en que guardaba la soga metió algunas naranjas y empezó el regreso. Siguió la soga y después de 5 minutos no pudo regresar. Desesperado llamó a su compañero y le pidió que jalara la cuerda; este le respondió que lo estaba haciendo con todas sus fuerzas.

Vicente -guiado por la soga- corrió y su sorpresa fue grande cuando comprobó que pese a caminar tanto estaba en la misma habitación con el naranjo.

Cansado por la jornada y el susto, el muchacho quiso comerse una fruta. Y fue ese momento cuando escuchó la voz de un adulto que le decía que no la comiera y corriera lo más rápido que pudiera. Lo hizo y en 3 minutos estuvo fuera. Fue entonces que don Carlos, el tendero del barrio, le dijo que jamás volvieran a entrar en ese lugar.
Don Carlos les contó sobre la leyenda del naranjo sagrado, un árbol que perteneció a los huancavilcas y que nadie podía tocar sus frutos; incluso les comentó que muchos se perdieron desde que se fundó la ciudad en el cerro.

Al día siguiente, Vicente volvió pero no había señales de la cueva. Desde entonces, pensó que mejor guardaría un silencio de sepulcro, sobre ese espacio que vio con espanto y curiosidad

El historiador Gabriel Pino Roca, en el segundo tomo de su obra, narra la leyenda de un vecino que transitaba por esas laderas y se encontró con el frondoso árbol de las más suculentas naranjas que mortal alguno haya visto.

Relata que el visitante quiso probar el fruto y descubrió que era exquisito, pero que no tenía semillas. También, que cuando este pretendió cargar 4 en su regazo, para compartir con su familia, jamás pudo dar con el camino de regreso.

Entonces, cansado de vagar por el cerro, cargado de las naranjas, soltó el cargamento y de inmediato, como por encanto, logró salir de ese encierro.

Agrega Pino Roca que tres de los que se han topado con el árbol, no han podido describir la ubicación exacta, pues uno dice que lo encontró a poco de trepar el cerro, otro dice que queda en la cumbre y un tercero jura que lo encontró bajando hacia La Atarazana.

Cuenta la leyenda que el tan mentado naranjo fue sembrado por quien más tarde sería San Martín de Porres, cuando era solo un pequeño de 10 años y hacía de monaguillo en el templo de los dominicos, en Guayaquil.

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