Cada campaña de San Valentín representa el momento más exigente del año para la floricultura ecuatoriana. Los envíos concentrados entre enero y febrero constituyen cerca del 30 % de las ventas anuales del sector y se han convertido en un indicador clave de su desempeño productivo, logístico y financiero. En 2026, Ecuador despachó alrededor de 39.000 toneladas de flores, equivalentes a más de 1.600 millones de tallos, consolidándose como uno de los principales proveedores a escala mundial. 

El alto nivel operativo del sector se reflejó en la activación de más de 330 vuelos cargueros durante la temporada y en mejoras técnicas como el aumento de la densidad de empaque por caja. Sin embargo, este crecimiento en volumen no se tradujo en un incremento proporcional de los ingresos. Entre 2021 y 2025, el valor exportado en febrero creció a un ritmo menor que el volumen, lo que evidencia una presión sostenida sobre los precios internacionales. 

En el plano comercial, Ecuador concentra entre el 8 % y 9 % del comercio mundial de flores cortadas y cerca del 25 % del mercado global de rosas. Estados Unidos se mantiene como el principal destino durante San Valentín, seguido por la Unión Europea, mientras que mercados no tradicionales como Emiratos Árabes Unidos comienzan a ganar protagonismo. Según Sebastián Cordero, docente de la Business School de la Universidad Internacional del Ecuador (UIDE), este posicionamiento responde a altos niveles de productividad, pero no se traduce necesariamente en ventajas comerciales. 

“El sector ha logrado crecer en volumen, pero enfrenta un entorno de alta competencia y márgenes cada vez más ajustados, lo que obliga a repensar el modelo de negocio”, señala. A este escenario se suman las desventajas arancelarias frente a competidores regionales. Mientras países como Colombia acceden a mercados clave con arancel cero, la flor ecuatoriana enfrenta sobrecostos que deben ser absorbidos por el exportador. 

Como resultado, los márgenes históricos del sector se han comprimido de manera significativa, afectando la liquidez incluso en campañas de alta demanda como San Valentín. Más allá del componente económico, la floricultura mantiene un impacto social relevante. El sector genera alrededor de 120.000 empleos directos e indirectos y representa cerca del 5 % del empleo rural formal. Durante la campaña 2026, la contratación temporal creció cerca del 20 %, con una mayor participación de mujeres y jóvenes en zonas rurales. 

Según Cordero, la sostenibilidad comienza a consolidarse como un eje estratégico. La reducción de la huella ambiental, el uso eficiente de insumos y la trazabilidad productiva se perfilan como factores clave para acceder a mercados más exigentes y de mayor valor. San Valentín 2026 confirma la fortaleza técnica de la floricultura ecuatoriana, pero también expone sus límites estructurales. El desafío ya no es producir más, sino competir mejor: diversificar mercados, mejorar el acceso comercial y avanzar hacia un modelo sostenible que permita transformar volumen en rentabilidad y estabilidad a largo plazo.